Pese al streaming, sigo comprando Blu-Rays y DVDs. Pero el motivo no tiene nada que ver con la calidad de imagen

Sabéis de sobra que en Xataka no nos dan ningún miedo los formatos caducos. Por aquí seguimos gastando cassettes, VHS (y papel, que cada vez es más cosa de boomers) en parte por coleccionismo, en parte porque son formatos que nos hablan en un idioma propio, que no necesita ser mejorado. Y siempre hemos reivindicado esos formatos como almacén del pasado, para conservar películas, música, imágenes y sonido que nunca llegan a vivir dentro de las nuevas tecnologías. Porque sí, hay películas que solo están en VHS, música que solo está en vinilo, libros que solo están en papel.

Desde ese punto de vista, no hay mucho que discutir para justificar la preservación de cualquier formato. Por ejemplo: hay multitud de películas que se editaron en los ochenta y los noventa en Asia y que hoy están disponibles solo en Video-CD, un formato muy barato y muy extendido en el continente hace décadas. Si eres un arqueólogo del cine de esa zona del mundo y te interesa su pasado, hay películas que solo están localizables de ese modo (ni ripeos en internet ni nada que se le parezca: hay que desempolvar el reproductor).

Pero entonces, ¿qué pasa con los Blu-Rays? Este formato inventado en 2002 como un sucesor del DVD y con mucha más capacidad, lo que lo hace especialmente adecuado para registrar películas con mucha más calidad de imagen y sonido, no viene con esa tradición como formato para archivar películas ignotas. Su aparición cuando internet ya estaba en marcha, sus características técnicas y su elevado precio lo mantuvieron al margen de rarezas. Hoy día, por su ubicación en la línea temporal de los formatos físicos, el DVD sigue siendo perfecto para coleccionistas de imposibles, para arqueólogos del cine extraño.

Hoy, el Blu-Ray como formato está en franca decadencia. Aunque su uso está absolutamente masificado por la presencia de unidades reproductoras en las consolas de videojuegos y el bajo precio de los reproductores de sobremesa, la comodidad del streaming le ha ganado la partida. La mayoría de los espectadores no necesitan ver cine en 4K, y aunque lo necesitaran, hasta eso es una posibilidad que muchas plataformas ponen al alcance de sus suscriptores. El Blu-Ray, literalmente, no tiene sentido como soporte.

… pero sigo comprando

Mi consumo de Blu-Rays, como el de DVDs, se ha visto radicalmente reducido en los últimos años. No solo es una cuestión esencial de espacio, sino que para ver las películas, a título testimonial, tengo el streaming. Ya no existe ese ansia de hace unos años de comprar películas en cuanto salían para conservarlas en un futuro por si se descatalogaban: ahora es más sencillo que nunca verlas en las plataformas y, en el peor de los casos, acceder a un infinito mercado de segunda mano para, posteriormente, llegar a esas ediciones físicas sin prisas. Y esas películas que nunca llegan al streaming y que suponen el ochenta por ciento de mi dieta cinematográfica tampoco son las habituales en Blu-Ray, un mercado engordado a base de novedades de éxito.

Sin embargo, sigo comprando Blu-Rays. No solo tengo un reproductor de sobremesa, sino multizona, lo que me permite ver los discos importados y que tienen restricción por países. Son los menos, porque como sucedió con los DVDs, cada vez son más abundantes los discos sin restricciones, pero aún quedan. ¿Un caso reciente? ‘Hellboy’ de Neil Marshall en versión estadounidense y sin censurar: es la única forma de verla por medios legales. Pero si en el catálogo de los Blu-Rays no abundan las propuestas que solo están en ese formato, como sucede con el DVD o el vinilo (o el papel), ¿por qué sigo comprando películas en Blu-Ray?

Pues en mi caso, por todo el mercado paralelo que se ha abierto con la recuperación de clásicos olvidados, que se remasterizan y relanzan, a menudo acompañados de ediciones especiales, libritos con estudios sobre la película y adminículos variados. Reconozco que no soy muy de comprar Funkos o ediciones en lata de aluminio, pero ponme por delante una caja de un director obsoletísimo de películas de explotación británicas de los setenta con una calidad de imagen y sonido que ni él mismo llegó a disfrutar en su día y ahí voy a estar como un clavo.

Sellos como Arrow, 101Films, Indicator, Eureka, AGFA, la clásica Criterion o, en España, Reel One, se dedican a desenterrar clásicos oscuros y darles una nueva vida con calidades nunca vistas, y eso me interesa mucho más que ‘Endgame’ en calidad tan alta que mi televisor no es capaz ni de concebirla. Las ilustraciones exclusivas y temáticas de las cajas de Arrow, la reproducción exquisita de los carteles originales de Indicator, la forma con la que AGFA celebra en sus documentales un cine peligroso y arriesgado, la absoluta falta de distinción en Criterion entre las exquisiteces de autor y los delirios de explotación…

Todo ello merece la pena pagar por conservarlo en ediciones especiales. A menudo son películas no inéditas ni inaccesibles, pero sí las películas que me interesan en un formato que me permite olvidarme de las veleidades y los marcos de distribución del streaming. Dada las características de las películas que veo (antes ‘El mono borracho en el ojo del tigre’ que ‘Top Gun: Maverick’), no estoy en el Blu-Ray por la calidad técnica suprema, sino porque, de otra forma, me acerca en la mejor de las variantes posibles a un cine que está vedado al streaming . Y por eso sí que estoy dispuesto a pagar dinero.